El debut del futuro Ruiseñor mexicano

[…]

El 16 de julio, durante el ensayo general de El trovador, el teatro había estado abarrotado.[1] Los aplausos que esa noche recibieron los cantantes dirigidos por el maestro Balderas preludiaron la gran función que se iba a suceder. Para mayor gala, intervendría el artífice del Don Juan Tenorio, don José Zorrilla, quien además de dirigir la parte mímica de la representación leería en los entreactos dos poemas de su autoría.[2]

Llegada la fecha del 18 de julio, las puertas del Gran Teatro Nacional fueron abiertas a las siete de la noche cuando ofrecía a la mirada del curioso su elegante pórtico iluminado con esmero. Durante la siguiente hora y media, una concurrencia notable comenzó a circular por la calle de Vergara, atravesó las columnas y pilastras de orden corintio, el pórtico y la florida calzada de dalias, camelias y naranjos, atraída por “la nombradía de los aficionados y la experiencia de los últimos ensayos [que] indicaban [que el evento] sería brillante y digno de memoria en los fastos de nuestras artes”, decía una nota periodística muy alentadora.[3]

Al final de la calzada relucían bandejas de plata y candelabros colocados sobre una mesa. Allí, “algunas de las más ricas y hermosas señoritas de la capital, lujosamente vestidas y cubiertas de alhajas”, reclamaban a los asistentes su óbolo para los pobres. En el patio del teatro se veía a los “caballeros vestidos, casi sin excepción, con la modestia y decencia que se acostumbra en estas solemnidades” y en los palcos, sentado ya, a “lo más florido y granado” del bello sexo.[4]

Sobra decir que el teatro estaba a rebosar. Muchos espectadores, en su afán por presenciar la ópera, habían incluso comprado boletos que no incluían asiento y habrían de escuchar la ópera completa de pie. Tan sólo el día anterior al evento se habían vendido 200 de estas entradas.[5] Es pues claro entonces que todo el que pudo se aprestó a concurrir a esta representación extraordinaria[6] para disfrutar de un espectáculo que por unas horas alejaría de su mente los males de la guerra. A las ocho y media en punto, comenzó a desarrollarse El trovador.

Julio Michaud, Interior del Gran Teatro Nacional

La representación de tan trágica historia tuvo un resultado bastante dichoso. La suma total del beneficio arrojaría la cantidad de 5,000 pesos: 2,000 recolectados en los platones antes de iniciada la ópera y 3,000 por la venta de billetes. Las señoras de la conferencia de San Vicente de Paul distribuyeron más tarde el donativo entre los necesitados.[7]

Sin embargo, para los versados en el arte lírico dramático, el mayor triunfo de la velada fue ver brillar una flama que, confiaron, anunciaba un futuro promisorio, “una era floreciente” para el desarrollo de las artes en el país, la cual dejaría atrás:

Tres siglos pasados tristemente

bajo el yugo que a México oprimía

[cuando] el genio de sus hijos no lucía

ni la gloria brilló sobre su frente.[8]

Las alabanzas llovieron entonces para la niña que, sorprendida por su propio éxito, “derram[ó] abundantes lágrimas de placer al encontrase tan ardientemente aplaudida”. Ella, de entre todos, hacía nacer la más grande esperanza, según se desprende de las siguientes líneas:

“Posee la Srita. Peralta una voz de timbre delicado y simpático, bastante extensa y, sobre todo, homogénea. La naturaleza y el estudio le han dado una notable agilidad, una ejecución correcta, suma precisión y facilidad en las ejecuciones, y abunda en sentimiento y expresión. Es, pues, una aficionada muy superior, y su porvenir tan brillante, cuanto que siendo muy joven, alcanza ya un mérito poco común; no dudamos, pues, que bajo una dirección hábil y juiciosa desarrollará completamente sus cualidades naturales y adquirirá con la edad mayor volumen de voz”.[9]

[…]

[1] Era costumbre que aquellos que hubieran comprado un boleto para asistir a una representación tuviesen derecho a estar presentes durante los ensayos. Con el tiempo, esta práctica llegó a ser suprimida. Vid. infra, p. 158.

[2] José Zorrilla, Memorias del tiempo mexicano, p. 159. El poeta español residía en la ciudad de México desde su llegada en 1855.

[3] La Sociedad, 22 de julio de 1860.

[4] Ibid., 16 y 22 de julio de 1860. Las damas que recibían el donativo eran Doña Dolores Rubio de Rubio, Doña Dolores Río de Sagaseta, Doña Faustina Gutiérrez Arrigunaga, Doña Guadalupe Sagaseta, Doña Pilar Sagaseta, Doña Carlota Escandón y Doña Catalina Barrón de Escandón. Los apellidos que acompañan a sus nombres de pila dan razón de lo elevado de su posición social. Ibid., 18 de julio de 1860.

[5] Idem.

[6] Función que se da fuera de un calendario de eventos previamente establecido, como es el caso del abono, y cuyas ganancias se destinan por lo regular a un fin determinado.

[7] La Sociedad, 22 de julio de 1860.

[8] “A las primeras artistas mexicanas señoritas González y Peralta. En la noche del 18 de julio de 1860”, V. A. Diario de Avisos, 21 de julio de 1860.

[9] La Sociedad, 22 de julio de 1860.

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1. El alba del Ruiseñor (I)

Despuntaba la jornada y ya se oía el repicar de las campanas de los templos de la capital de la República Mexicana llamando a los fieles a escuchar el Evangelio.  Con el transcurrir de la mañana se vería entrar y salir gente de San Francisco, la Catedral, la Profesa y también de San Hipólito. Era domingo, día bueno para el descanso, para que las familias distinguidas pasearan en coche o a caballo por Bucarelli, la Viga o la Alameda. Los establecimientos comerciales mantenían sus puertas cerradas y, más tarde, los teatros de la ciudad abrirían las propias para ofrecer a los espectadores las comedias: La entrada en el gran mundo, El éxtasis, Un serrallo de Tánger y Una restitución. También había circo, el Anglo-Americano, y el Hombre Elástico estaba en la ciudad. Era domingo 6 de julio de 1845.

Pedro Gualdi (lit.), “Vista de la ciudad de México, en Monumentos de Méjico tomados del natural y litografiados, México, Imprenta litográfica de Massé y Decaén, 1841.
Pedro Gualdi (lit.), “Vista de la ciudad de México, en Monumentos de Méjico tomados del natural y litografiados, México, Imprenta litográfica de Massé y Decaén, 1841.

Ese día, al ritmo del golpe del badajo contra la campana, nació una niña morena de rasgos toscos en el No. 2 del callejón de Pañeras (hoy Aldaco); la primogénita del matrimonio entre Manuel Peralta Páez y Josefa Castera Azcárraga, de 39 y 20 años de edad respectivamente. Tres días después del alumbramiento la recién nacida fue llevada a bautizar al Sagrario de la Catedral como María de los Ángeles Manuela Tranquilina Cirila Efrena, para la posteridad mejor conocida como Ángela Peralta. “El suscrito Párroco del Sagrario Metropolitano de México. CERTIFICA: que en el libro número treinta y dos, a fojas setenta y ocho, frente, hay una partida que a la letra dice: al margen: 654. María de los Ángeles Manuela Tranquilina, Cirila, Efrena Peralta y Castera. Dentro: en nueve de julio de mil ochocientos cuarenta y cinco, con licencia de S. D. D. Francisco de Paula Alonso y Ruiz de Conejares, cura propio de esta Santa Iglesia y Examinador Sinodal del Arzobispo, yo el Br. don Francisco Higareda bauticé a una niña que nació el día seis del corrte. púsela (sic) por nombres, María de los Ángeles Manuela Tranquilina, Cirila, Efrena, hija legítima de legítimo matrimonio de don Manuel Peralta y de doña Josefa Castera, nieta por línea paterna de don Mariano Peralta y de doña María del Rosario Páez y por la materna de don José Eduardo Castera y de doña María Andrea Azcárraga, fue su padrino, don José Ma. Gómez Linares impuso en su obligación. Francisco de Paula Conejares.-Rúbrica.-Francisco Higareda.-Rúbrica.”

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