El bello sexo y la música. A diferencia de María de los Ángeles, la mayoría de las niñas y señoritas que aprendían a ejecutar un instrumento a mediados del siglo XIX eran hijas de familias con los recursos suficientes para pagar no sólo las clases –que normalmente recibían en su domicilio–, sino para disponer de un piano propio. Otra gran diferencia era que estas jovencitas de familias privilegiadas recibían instrucción musical con el propósito de dotarlas de un adorno del cual hacer gala durante las reuniones o tertulias en las que participaban y en algunas ocasiones extraordinarias (funciones de beneficencia en las que los ingresos eran destinados a propósitos caritativos). En su círculo, el saber musical era un elemento decorativo y nada más. Era sólo, como dijo el escritor José Joaquín Pesado (1801-1861) en sus “Consejos a las señoritas”, “uno de los adornos más preciosos del bello sexo”.[1] Nadie esperaba que se las hiciera vivir de sus talentos pues no necesitaban trabajar y exhibirse de continuo en los escenarios hubiese implicado una completa falta de decoro. De hecho, las mujeres de clase alta no ejercían actividad económica alguna, salvo cuando faltaba un varón capaz de encargarse a cabalidad de los negocios familiares.

Josefa Sanromán 2
Josefa San Román, sala de música, s.f.

Durante el siglo XIX, la educación de las mujeres estaba orientada a una vida que se desenvolvería fundamentalmente en el ámbito privado. Los conocimientos y habilidades que se consideraban propios de ellas eran las primeras letras, la aritmética, los quehaceres domésticos –que incluían las labores de aguja, lavado, planchado y cocina–, la doctrina religiosa (que imponía a la mujer la obligación de ser “dulce, benéfica y caritativa”) y, entre las clases privilegiadas, también algo de historia, geografía e idiomas –francés e inglés–, estos últimos para “adornar su entendimiento”.[2] Sin embargo, a pesar de que el manejo de estos conocimientos y habilidades fuera deseable, la instrucción femenina real distaba por lo común de reflejar el dominio de estos campos, a excepción de los quehaceres domésticos.

Esta serie de saberes, propiamente femeninos para el pensamiento decimonónico, debieron ser adquiridos por María de los Ángeles al tiempo que desarrollaba sus dotes musicales. Tomando en cuenta que doña Josefa dirigía una institución de enseñanza para niñas –y a falta de mayor noticia–, no estaría fuera de lugar pensar que Angelita se hubiera encontrado entre las alumnas del Instituto de Nuestra Señora de los Ángeles o, en todo caso, adquiriese en casa los conocimientos y labores en los que su madre era competente.[3] Se podría pensar que su preparación requirió también, durante los primeros lustros de su vida, que aprendiera italiano y francés, quizá con un maestro particular. Manuel Peralta hijo cuenta –en los rasgos biográficos que escribió sobre su hermana– que Ángela a los quince años hablaba estos dos idiomas.[4]

Con saberes tan específicos, limitados a la esfera doméstica, y una capacidad de movimiento restringida, la actividades económicas respetables que las mujeres urbanas desempeñaban con mayor asiduidad para ganarse el sustento eran las relacionadas con los quehaceres de la casa: el vestido, la venta de comestibles y la enseñanza elemental (como en el caso de doña Josefa), entre las clases menos privilegiadas; entre las acaudaladas, la administración de los bienes y negocios familiares.[5]

Sin embargo, hubo excepciones a la regla. Tal fue el caso de María de Jesús Cepeda y Cosío, perteneciente a una familia pudiente venida a menos que, en 1845, fue integrada por la cantante parisiense Eufrasia Borghese a la compañía de ópera italiana que dirigía en el Gran Teatro Nacional,[6] y de Eufrasia Amat, hija del general Juan Amat, muerto en la campaña de Texas, quien cantó en la celebrada compañía de ópera que ocupó el Teatro Nacional en 1852.[7]

En el escenario artístico del país todavía no se colaba con fuerza la intervención de las mujeres nacionales en los dos espectáculos de mayor categoría de la época: la ópera y el drama –en el primero imperaba la presencia de cantantes italianas y en el segundo de actrices españolas.[8] Algo tendría tal vez que ver en ello que siguiera pesando sobre la profesión la sospecha de que quienes la practicaban llevaban una vida licenciosa. Aunque es digno de notar que, desde la primera década de vida independiente, se pudo observar que cada vez había un mayor número de cantantes y actrices, extranjeras y nacionales, respetadas y admiradas por la sociedad que leía con avidez las notas biográficas que sobre ellas aparecían en la prensa.

Este sucinto panorama refleja que el oficio de las tablas no era el más difundido entre las mexicanas y, por consiguiente, éstas tenían una presencia muy exigua en la vida artística nacional. Su papel era casi siempre de meras espectadoras, asistentes al teatro que, si bien podían tener alguna habilidad en el arte, la reservaban para sus hogares. Las féminas que de ordinario se llevaban los aplausos en el Nacional y el Principal eran extranjeras.

A pesar de estas circunstancias, los padres de la Peralta se aferraron a mantener a su hija en esta senda. ¿Qué animaba a don Manuel y a doña Josefa? La respuesta certera hoy nos está vedada, pero muy probablemente albergaban la idea de que si su hija se convertía en cantante de ópera podría obtener tanto gloria artística como un ingreso económico provechoso. ¿No eran una realidad los carísimos regalos que las grandes sopranos recibían a porfía de la misma realeza, las jugosas contratas y los artículos en publicaciones políticas y musicales que se encargaban de dar santo y seña sobre ellas? ¿No habían visto ellos el furor que podía causar entre el público una cantante sobresaliente? Para muestra, baste referirnos a las temporadas de ópera que hubo en la ciudad de México entre 1852 y 1854,  las más lucidas de la década, que hicieron vibrar al público capitalino que en ese entonces oyó a algunos de los más famosos cantantes de la época.

[1] José Joaquín Pesado,  “Consejos a las señoritas”, en Presente amistoso a las señoritas mexicanas, México, Ignacio Cumplido, 1851, p. 18.

[2] Idem.

[3] A grosso modo, las opciones para recibir educación durante este período eran las siguientes: 1) la madre, 2) las escuelas públicas y privadas, 3) la “amiga” y 4) los preceptores particulares. Las escuelas públicas o privadas podían depender de la Iglesia, del ayuntamiento o de particulares; en ellas, ya fueran públicas o privadas, se llegaba a pedir a los alumnos una cuota o se les proporcionaba una beca. Por lo común la “amiga” era una mujer mayor que recibía a las alumnas en su casa y ahí les proporcionaba los conocimientos elementales. Vid. el apartado “Madres educadas” del “Capítulo 1: La movilización de las mujeres” en Silvia Marina Arrom, Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857,  p. 29-41.

[4] Manuel Peralta, “Ángela Peralta”, s.p.

[5] Para un espectro más amplio sobre las actividades económicas a las que se dedicaban las mujeres durante la primera mitad del siglo XIX, vid. Silvia Marina Arrom, “El Empleo” en Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857, especialmente las pp. 196-216.

[6] Manuel Mañón, Historia del viejo Gran Teatro Nacional, t. I, p. 52.

[7] Eufrasia nació el 31 de agosto de 1832. Fue alumna del maestro Agustín Caballero. A pesar de que el gobierno decretó una pensión para la viuda del militar y su hija, ésta se vio en la necesidad de cantar para el sostenimiento familiar. Gerónimo Baqueiro Fóster, Historia de la música en México III, pp. 157-159.

[8] Entre las mexicanas anteriores a Ángela Peralta que sobresalieron en los escenarios del país podemos nombrar, además de a las cantantes citadas arriba, a las actrices Soledad Cordero y Dorotea López y a la bailarina María de Jesús Moctezuma. Los rasgos biográficos de este trío de artistas se pueden consultar en Montserrat Galí Boadella, Historias del Bello Sexo. La introducción del Romanticismo en México,  México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002, pp. 319-332.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s