Cuando nuestra biografiada contaba con cinco o seis años fue evidente para los oídos y el entendimiento aguzados de sus progenitores que la preocupación fundamental concerniente a su educación debía ser, en principio, que recibiera clases de solfeo. Al parecer, su voz daba muestras de un talento natural del que, de ser cultivado con dedicación, se podrían esperar buenos frutos. Para cumplir con este cometido fueron solicitados los servicios del maestro Manuel Barragán.[1]

Apostar por un futuro musical para una niña a mediados del siglo XIX era algo más que incierto ya que los apoyos y oportunidades con los que contaban los artistas nacionales eran muy escasos.  Dos serían las situaciones poco favorecedoras que tendría que hacer frente Angelita: por un lado, que las lecciones particulares fueran la alternativa de que disponían aquellos que quisieran desarrollar alguna habilidad musical y, por el otro, que el grupo de mujeres dedicadas profesionalmente a la música y al canto fuese muy reducido.

 

Las lecciones de música

El pago de un maestro particular estaba fuera de las posibilidades de la gran mayoría de los miembros de las clases menos favorecidas pues, aunque se llegaba a anunciar su costo como “moderado”,[2] podía oscilar entre los 10 y  los 15 pesos mensuales.[3] Para poner dicha cantidad en perspectiva se puede considerar lo siguiente: mientras el pago mensual de una criada de aseo de una escuela estaba entre los 2 y 3 pesos, el sueldo de un escribiente era de 15 pesos.[4]

El establecimiento de un conservatorio de música donde la enseñanza fuese gratuita era, para mediados del siglo XIX, un proyecto que se venía arrastrando desde los inicios de la vida independiente y, pese a los repetidos intentos, no había logrado afianzarse. Tras la separación de la Corona española, el estudio musical, prerrogativa del clero durante el virreinato, fue tomado a cargo de manos privadas. José Mariano Elízaga, Joaquín Beristaín, Agustín Caballero y Cenobio Paniagua, todos ellos formaron academias de música, donde si bien se preparó a grandes artistas mexicanos, no se logró mantener las puertas abiertas por largos períodos, al carecer del apoyo del gobierno y particulares. Entre sus alumnos tuvieron a aquellos con solvencia para costear las lecciones, a diferencia de los estudiantes de artes plásticas de la Academia de San Carlos, que tenían el cobijo pecuniario del gobierno al ser becados durante su aprendizaje.[5]

Ahora bien, los primeros progresos de Angelita en las artes de Euterpe no estaban destinados a permanecer en el anonimato. Se tiene noticia, a través de la biografía elaborada por el escritor Agustín F. Cuenca (1850-1884), de que en 1852 cantó en la repartición de premios de la Escuela de Agricultura y un año después intervino en la que se llevó acabo en “el establecimiento de la Sra. Galván”. Durante este último evento la chiquilla llamó mucho la atención, a decir de Cuenca, al interpretar la cavatina de la ópera Belisario de Donizetti.[6]

Belisario.jpeg
Fuente de la imagen.

En fin, cuando en 1853 llegó el momento de que la niña continuara su aprendizaje musical con un maestro de mayor renombre, la vida y economía familiar de los Peralta Castera era distinta a aquella en la que había nacido Ángela. En los primeros meses de ese mismo año, doña Josefa Castera había iniciado los trámites para obtener el permiso oficial de ejercer como “preceptora de primeras letras”.[7] Tal parece que tuviera una necesidad apremiante de trabajar, pues en cuanto obtuvo el título que avalaba sus conocimientos en materia de “lectura, escritura, aritmética, gramática y costura”,[8] comenzó a impartir clases. Así, para enero de 1854 llevaba ya seis meses desempeñándose como directora de una escuela para niñas: el Instituto de Nuestra Señora de los Ángeles, ubicado en la calle de Jesús Nazareno No. 6 (ahora 4ª de República del Salvador).[9] La madre de Angelita y Manuelito contaría de esta manera con un ingreso estable,[10] del cual muy probablemente una porción fue destinada a seguir costeando las clases de piano y canto que la niña recibía desde un año antes del maestro Agustín Balderas (1826-1882).[11]

Según Cuenca, el maestro Balderas mantuvo a la niña estudiando exclusivamente piano durante tres años (1853-1856), con el propósito de evitar que dañara su delicada voz de soprano, y pospuso para el término de ese lapso la reanudación de las lecciones de canto.[12] El maestro, con fama de ser muy metódico, quiso tal vez cuidar de esta forma a su pequeña discípula. Una nota posterior de El Monitor Republicano, periódico de tendencia liberal, ofrece un acercamiento al método de enseñanza de canto que entonces debió seguir Angelita al lado de Balderas:

Este es el maestro de canto por excelencia: tiene el don de inculcar los preceptos y las bellas tradiciones de la mejor escuela italiana a sus discípulos, con demostraciones teórico-prácticas tan claras, tan precisas e inteligibles, que es imposible no comprender y aplicarlas con provecho, por poco que se tengan las tres cualidades indispensables que se necesitan para llegar a cantar agradablemente: buena voz, inteligencia, sentimiento.[13]

Fue así que, mientras llegaba la hora de dedicarse de manera extensiva a los ejercicios vocales, Angelita acrecentó su dominio del piano. Una anécdota que se contaría  tiempo después en la lejana Europa sobre la niña estudiante nos muestra que no le perdonaba que dejara de practicar en su propio domicilio: “ella recibía lecciones de piano en la casa de un profesor de la ciudad, y como no podía continuar los estudios en su propia casa, porque no poseía el instrumento, se improvisó un teclado en la orilla de una mesa, teclado inmóvil y nuevo, pero en el cual podía ejercitar sus dedos.”[14]

En los años por venir, Balderas seguiría manteniéndose como una figura constante en la vida de Ángela Peralta. El maestro jamás habría de soltar la mano de su discípula en la nada sencilla empresa de convertirse en una cantante reconocida. Dedicarse a la interpretación artística, como lo haría la niña en los años subsiguientes, era un fenómeno muy poco extendido entre sus contemporáneas de mediados del siglo XIX.

[1] A la fecha no se ha podido identificar a este personaje entre el grupo de maestros y músicos sobresalientes. Tal vez se deba a que ejerció su oficio de manera modesta, aunque esto sólo se puede manejar en el plano hipotético.

[2] Un ejemplo: “El Sr. Henssler, maestro y director de coros de la actual compañía de ópera, habiéndose separado de ella, ofrece sus servicios como maestro de canto y de pianoforte, proponiéndose dar lecciones a precios moderados en todos los idiomas”. El Constitucional, 21 de junio de 1861.

[3] Como bien diría el periódico satírico La Orquesta en 1865: “aquí no hay Conservatorios, ni Academias, ni teatros subvencionados, ni el más pequeño rincón público donde se enseñe el arte del antiguo maestro Apolo. El que tiene afición a la música, y además, diez o quince duros cada mes, aprende lo que le enseñan, y lo que puede.” La Orquesta, 20 de diciembre de 1865.

[4] El Siglo Diez y Nueve, 14 de enero de 1850.

[5] Después de que San Carlos cerrara sus puertas en 1821 ante la falta de financiamiento de la Corona española, tuvo que esperar hasta 1846 para abrirlas de manera definitiva; se logró gracias a que el gobierno santannista otorgó para su mantenimiento las ganancias de la lotería.

[6] Agustín F. Cuenca, “Ángela Peralta”, en El Diario del Hogar, México, 9 de septiembre de 1883. Belisario fue estrenada en Venecia el año de 1836 (en México cinco años después); esta obra narra la trágica historia del general bizantino  acusado de asesinar a su hijo y ser traidor a su pueblo. Para complementar, un aria es una composición musical para una sola voz y de cortas dimensiones, que a veces consta de dos tiempos o partes.

[7] Como mujer casada, doña Josefa fue parte del estrecho grupo que superó la tendencia general, señalada por Silvia Arrom, de que “el matrimonio sí reducía las posibilidades de trabajar de una mujer”, frente a las mujeres solteras y viudas que tenían casi el doble de probabilidades de ejercer una actividad económica que las esposas.  Silvia Marina Arrom, Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857, México, Siglo XXI editores, 1949, p. 217.

[8] Archivo Histórico de la Ciudad de México, Sección: Instrucción Pública, Exámenes Profesionales, Vol. 2613, Exp. 239, Año: 1853, hoja 4, “Doña Josefa Castera y Peralta, solicita examinarse para obtener título de preceptora de primeras letras”.

[9] El Fanal, en El Siglo Diez y Nueve, 13 de enero de 1854.

[10] De acuerdo con  el “estado corte de caja de ingreso y egreso” de la Compañía Lancasteriana para diciembre de 1849, el sueldo que recibían las preceptoras de las escuelas la Divina Providencia y Santa Rosa de Lima era de 50 y 45 pesos respectivamente, cantidad probablemente cercana al sueldo de la Sra. Peralta. El Siglo Diez y Nueve, 14 de enero de 1850.

[11] Quien, además de su tareas educativas, se desempeñó como director de coros y orquesta y como pianista. Fue miembro del grupo que, como se verá en el capítulo segundo, respaldó la iniciativa para el establecimiento del Conservatorio Nacional. Otro de sus discípulos fue Julio Ituarte (1845-1905), famoso músico y compositor mexicano.

[12] Agustín F. Cuenca, Ángela Peralta, p. 11.

[13] Más adelante se dice, en tono más especializado:  “Balderas es sumamente severo y estricto, y enseña sucesivamente a sus discípulos a emitir la voz, a llevarla, a lanzarla, a modularla, a igualarla, a respirar, a saltar, a articular, a pronunciar, a enlazar los registros sin variar la inflexión, a picar las notas staccate, a abultar y reforzar el sonido vocal y a disminuirla smorzando lentamente, a comunicar agilidad a la voz con ejercicios diatónicos y cromáticos de velocidad, y finalmente, a dar expresión al canto. Estos principios esenciales […] exige Balderas rigurosamente de sus discípulos que los practiquen hasta cierto grado de ciencia y de habilidad, antes de dedicarse al canto agradable o de fantasía.” El Monitor Republicano, 31 de julio de 1867. [Las cursivas son del original]

[14] De una revista artística de París, en El Eco de Ambos Mundos, 22 de abril de 1874. En esa época, como lo venía siendo desde mucho antes, esta práctica fue muy recurrente entre los estudiantes de música que, al igual que ella, no contaban con un piano en casa. La dificultad para comprar uno radicaba en su alto costo. Los precios del instrumento podían oscilar entre los 550 a 3,000 pesos, dependiendo de la marca, tamaño, modelo y si era nuevo, usado o reconstruido, según datos de Oliva Moreno. La misma autora señala que 550 pesos eran el equivalente a tres meses de sueldo de un empleado comercial calificado de una fábrica de pianos como la Wagner y Levien. Olivia Moreno Gamboa,  “El negocio de la cultura musical: la empresa A. Wagner y Levien en México (1851-1920)”. [texto inédito] Sin embargo, para darnos una idea más cercana a los salarios del grueso de la población, diremos que en 1849 las sirvientas ganaban al mes de uno a seis pesos, mientras los hombres empleados como ayudantes domésticos podían recibir entre uno y medio y ocho pesos. Silvia Marina Arrom, Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857, p. 245.

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